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MI ETERNO AMOR POR LA PRIMERA GENERACIÓN POKÉMON

Todos tenemos sueños frustrados de niño. En mi caso, fue nunca tener una gameboy y disfrutar los videojuegos de Pokémon. Algo que se me quitó después de tener la PlayStation. 

Pero ahora que soy un adulto independiente con gustos bien dementes, me puedo dar ciertos lujos. Cuando se anunció la cuarentena a inicios del año innombrable, empecé a disfrutar de las mieles del home office, pudiendo trabajar en pijama, almorzar a deshora y todas esas prácticas que en un principio parecen geniales, pero terminan jodiéndote la vida cuando tienes que volver a trabajar como la sociedad manda.

Por aquellos días de locura y desenfreno, me dije a mí mismo «¿Recuerdas los videojuegos de Pokémon que nunca pudiste jugar? ¿Qué tal si te los pasas ahora que tienes un tiempito libre?». Así que, aprovechando el poder de los emuladores, me di el gusto y me descargué los juegos clásicos de los 90. Y debo decir, que no me arrepiento de nada.

Es hora de ponernos nuestra gorra y tomar nuestras pokéballs (sin albur), así que sírvanse un cafecito, que esta vez visitaremos el universo de los juegos clásicos de Pokémon.

Lo digo desde ya, soy un fan del Pokémon clásico. Le perdí la pista a la serie y los juegos después de la segunda generación, así que mi favorita es y será siempre la primera, la de los pokémon pertenecientes a la región de Kanto. Es por eso que cumplí el sueño de jugar el Pokémon Rojo Fuego, que al final no es tan de los primeros, ya que es un remake de los mismos, pero el caso es que es casi lo mismo.


La primera palabra que se me viene a la mente para describir este juego es acogedor. El juego no te deja morir realmente. No hay un enemigo o algo que te mate, así que no hay una sensación de peligro real en la partida. Lo peor que puede pasar es que te noqueen a todo tu equipo de criaturas y tengas que ir al centro pokémon más cercano (y puedes ir con toda la calma del mundo, tampoco es que se están muriendo como si fueran tamagotchis). Te sientes relativamente seguro y eso te invita explorar a tus anchas todas las zonas.

Dicho esto, me adentro en lo que más amo del juego; su ambientación. Y es que a pesar de que los pueblos y ciudades aquí están representados con unas pocas casas y edificios, que están hechos con cuatro píxeles, es increíble la atmósfera que pudieron lograr los programadores con tan pocos recursos. Cada ciudad está tan bien definida con elementos tan simples, que puedes identificarlas en cuestión de segundos. Cada lugar tiene un color y una melodía que te hace sentir que en verdad estás ahí. Te hace querer entrar al videojuego para sentir el clima, respirar su aire, ver a qué huele, mirar hasta el último rincón de la última casa. Y creo que una de las cosas que te llena de ese sentimiento es que tienes la posibilidad de hablar con cada una de las personas que habitan cada localidad, incluso dentro de sus propios hogares (algo que no es recomendable en la vida real, a menos que quieras terminar con una demanda por acoso, por allanamiento de morada o incluso con una puñalada). Eso es una de las cosas más divertidas del juego.

Algunas de la ciudades del juego. Miren qué belleza.

Kanto es una zona pequeña, pero tiene tantos lugares que visitar repletos de ríos, montañas, bosques y mares, que te hace sentir que está llena de vida. Desde Pueblo Paleta, el lugar de origen de nuestro avatar en la aventura, en la que solo hay tres casas, pasando por Ciudad Plateada, con su museo, hasta Pueblo Lavanda, lugar famoso por tantas teorías sobre su misteriosa melodía de fondo y en el que descansan los restos de los pokémon fallecidos. Cada lugar tiene su encanto y es fácil perderse por horas explorando hasta el último detalle. Mi favorita es Ciudad Carmín, que se nos presenta como una encantadora urbe costera donde puedes ver el gran Crucero S.S. Anne en el puerto, irte de pesca o luchar contra el imponente Teniente Surge y sus pokémon eléctricos, mientras escuchas aquella música de estilo festival de fondo, que te hace pensar en el clima cálido que se respira en toda la ciudad. 

Otra de las cosas que puedes disfrutar es que el juego te permite ir a tu ritmo. No hay apuro. Puedes atrapar pokémon cuando quieras y luchar contra otros entrenadores para subir el nivel de tu equipo. Es un trabajo que requiere tiempo (tiempo libre más que todo), esfuerzo y mucha (demasiada) paciencia. Una vez que sientes que has entrenado a tus pokémon lo suficiente, puedes optar por participar en la Liga Pokémon, para medirte contra los rivales más fuertes, lo cual automáticamente te lleva a sentirte como el macho más alfa de todos los alfas, y al ganar, pasarás a la historia como una leyenda. Es algo muy bonito.

Otra cosa bonita es que te permiten ponerle nombre a tu rival, lo cual se presta para mucho...

Y qué decir de la opción de embarcarte en la genial la aventura de encontrar y atrapar a los pokémon legendarios del juego: Articuno, Zapdos y Moltres, las aves más badass de la región. Incluso el juego te invita a ponerte un buen par de coj*nes, y si te atreves, ir con todo contra el pokémon más poderoso hasta aquel entonces, Mewtwo, que te espera luego de haber derrotado al Alto Mando en la Liga Pokémon. La rejugabilidad es un elemento que te acompaña durante la aventura. 

Son 150 criaturas (168 en esta versión) que puedes capturar y entrenar para llevar al máximo su nivel y sus habilidades, y convertirte en el poképapi de turno. De verdad, me habría gustado disfrutar este juego cuando estuvo en pleno apogeo, junto a mis compañeritos de la primaria, intercambiar pokémon con ellos, hacer uno que otro combate y presumir que pasé tal gimnasio antes que ellos. Pero debo admitir que aún jugándolo de adulto, lo disfruté mucho y pude fijarme más en los detalles que el juego tiene para ofrecer, incluso hoy, a más de dos décadas de su lanzamiento. 

Y aunque los videojuegos actuales de la franquicia cuenten con mejores gráficas, muchos más pokémon que atrapar, mejor jugabilidad, más aventuras y más personajes que conocer, puedo decir (y creo que no soy el único) que los primeros juegos tienen una magia insuperable, a pesar de su simpleza y sus limitaciones. Algo que impide que me canse de revisitarlos (o tal vez es la nostalgia abofeteándome una vez más).

En otra ocasión les contaré sobre mis misterios favoritos sobre esta generación. Hasta entonces, les mando un pokésaludo intergaláctico lleno de cafeína. 


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