Antes que nada, ¡feliz año 2023! Que este año les vaya de perlas y tengan mucho tiempo y dinero para sus hobbies geeks. Ahora sí, a lo que vinimos.
Parece que hubiera sido ayer cuando vi el primer capítulo del animé de Pokémon. Hace más de dos décadas que comenzaron las aventuras de nuestro amigo Ash Ketchum (cariñosamente apodado “El Mostaza”) y su fiel amigo, el roedor eléctrico Pikachu.
Y aunque le perdí la pista a la serie luego de la segunda temporada, siempre recuerdo con nostalgia estar sentado todas las tardes viendo cada capítulo y con la curiosidad de ver qué nuevo pokémon aparecería.
Así que sírvanse un cafecito, que llegó el momento de revisitar el universo de Pokémon.
Fuera de la trillada fórmula que ya todos conocemos y que se hizo tan repetitiva en los últimos 25 años, en la que el protagonista viaja y lucha por convertirse en maestro pokémon para terminar perdiendo, las primeras dos temporadas para mí tenían mucho humor, corazón, personajes entrañables y diálogos que, por increíble que parezca, aún recuerdo.
Con una animación japonesa clásica, propia de la segunda mitad de los años 90, aquellos personajes de ojos grandes y angostos, se volvieron una adicción para mi versión de 11 años, que no solo se fijaba en los enigmáticos diseños de las primeras 151 criaturas originales, sino en todo lo que tenía para ofrecer aquella serie.
Y es que Pokémon representaba mucho más: libertad, viajes, conocer nuevos lugares, aventuras, emoción, misterio… Para un niño común que pasaba ocho horas encerrado en un salón de clases era fácil que su mente divagara pensando en lo divertido que sería ponerse una gorra, tomar una mochila y salir a recorrer el mundo, acompañado solo de una rata eléctrica (como en Puchamon). Puede parecer absurdo, pero aún a día de hoy la idea suena tan romántica que me despierta la nostalgia.
Otra de las cosas que más amaba del mundo pokémon era la gran diversidad de oficios que existían en torno a estas geniales criaturas. Había entrenadores, enfermeros, investigadores, criadores, estilistas, fotógrafos, cocineros y pare usted de contar. Aunque en mi caso eso lo descubrí luego de ver la serie porque, como les comenté en un artículo anterior, nunca llegué a tener los juegos cuando salieron.
De hecho, es gracioso (y triste, muy triste) recordar que en la primaria, cuando se estrenó por primera vez el animé de Pokémon, el internet no era tan común como hoy en día, así que dependíamos del material impreso para obtener información sobre la serie y los juegos. Y ahí estábamos, 20 niños en un salón peléandonos por una revista de Club Nintendo solo para ver la lista de los primeros 150 pokémon y una simple foto de Ash, Brock y Misty. Eso era todo, ni más ni menos. Cuatro míseras páginas en las que se distribuían 150 dibujos pequeñitos y solo un párrafo de texto sobre la serie. Pero ese era el efecto Pokémon. Tenía su encanto.
Además de Ash y compañía, no hay duda de que también extrañaremos mucho al Team Rocket, con Jesse, James y Meowth siendo los villanos recurrentes. Esos dos bobos sí que supieron ganarse el corazón del público, pues a mi parecer, llegaron a mostrar un lado mucho más humano que los protagonistas, perdiendo constantemente e intentando sus tontos planes capítulo tras capítulo. Nos acostumbramos a verlos, a escucharlos y a que siempre estuvieran ahí, incluso hasta para salvar el día un par de veces.
Aunque sí, lo admito, después de todo este tiempo, me quedé con las ganas de ver cómo Ash crecía (como lo hizo Gokú en Dragon Ball, o Naruto en Shippuden) y formaba pareja con alguna de sus compañeras de viaje. Y sí, quería que fuera con Misty, siempre shipeé a esos dos y pensé que en algún momento tendrían un par de hijos. Este es un guiñito al final de la primera película de Pokémon, donde aparecía una chica idéntica a Misty con una hija. Por un tiempo el internet enloqueció con esa teoría.
Si me lo preguntan, aquella época inicial del viaje de Ash fue tan emblemática porque nos daba esa sensación de que todo era más simple, de que podíamos lograr nuestras metas a tu ritmo pero con una pasión contagiosa, de que no importaba cuántas veces fracasaras, todo iba a estar bien porque tus amigos estaban ahí para ti, de que podías ser libre y visitar hermosas y encantadoras ciudades con decenas de secretos por descubrir. Pero sobre todo de que el mundo Pokémon era tuyo, tu patio de juegos, tu lugar feliz en el que podías alcanzar lo más extraordinario, siempre que estuvieras acompañado de tus fieles pokémon.
Pero hey, todos tenemos que crecer y continuar con nuestro viaje. Incluso Ash. Y es por eso que su aventura ha llegado a su fin. Los extrañaremos mucho, pero siempre tendrán ese espacio especial en nuestro corazón.
Aunque digan lo contrario es triste decir “adiós” (incluso a un dibujo animado), pero necesitábamos esto. Es el fin de una era y estamos agradecidos por todas las aventuras y emociones que disfrutamos por 25 años. Me despido de Ash y sus amigos con un saludo intergaláctico cargado de nostalgia, alegría y mucha cafeína.






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